Estoy sentada en el regazo de un árbol,

me sostengo con su tronco,

fuerte, grueso, milenario.

Veo sus hermosas ramas,

bailar con el vaivén de la brisa,

me sumerjo entera,

en su armoniosa melodía.

Ese árbol me regala un instante de paz,

con su sola presencia,

sin siquiera proponérselo,

me hace sentir libre, amada y respetada.

Es la pureza de su esencia,

Una experiencia sin palabras.

Una ceremonia de dos,

un momento de intimidad,

un instante de conexión.

Es el “Chanoyu” en aplicación cotidiana,

en la sencillez de un espacio,

en el respirar de la vida.

K. Löwenthal

Limassol, 03.06.2020