Siempre buscando el cambio,

Llena de ira y euforia,

Alrededor todo fastidia

y molestan tanto los espejos.

Quiero correr, huir, ser otra persona.

Empezar de cero sin amigos,

conocidos ni familiares,

Salir de las etiquetas,

las buenas y las malas,

Y dejarme llevar como una hoja

sin preocupaciones.

Una parte de mí, Flor, 

ve todo lleno de matices.

La otra, Amarga,

es rígida, planificada,

con parámetros, juicios y valores.

Las dos chocan con frecuencia,

pero siempre gana Amarga,

porque la sociedad, el ego, la familia, los amigos,

la apoyan, la hacen sentir segura e irrevocable.

Flor, siempre espera paciente

en el banquillo mi atención,

con sutileza, envía imágenes reconfortantes,

hasta que se apodera de mi consiente.

Nunca se molesta cuando la ignoro

o simplemente no le dedico tiempo,

ella espera a que me sienta preparada

para crear un escenario y llenarme de paz.

Amarga y yo buscamos un trabajo,

que se ajusta a nuestro perfil y aspiraciones,

uno absorbente, lleno de vicisitudes,

de problemas por resolver.

Ese que te distrae,

te pierde entre las obligaciones,

aquel que no permite que Flor me hable,

y que comparta conmigo

esos minutos de tranquilidad.

La sociedad y mi familia

me enseñaron que uno crece,

estudia, tiene un buen trabajo,

se casa y tiene hijos,

como un círculo irreversible.

La fórmula de la felicidad.

Yo en cambio llevo medio ciclo,

y no me siento tan plena como espere,

siento confusión y angustia,

pero la rutina y el mundo que tejí,

no me deja sentirme diferente.

Si me preguntan a quién elijo,

creo que no soy capaz de decidir, 

la melancolía y la inseguridad

no me dejarían arriesgarme.

Por ahora prefiero visitarlas a ambas,

las dos son mi mejor compañía,

aunque a largo plazo sé que me quedaría con flor

sosteniendo mi mano hasta el final.

K. Löwenthal

Caracas, 28.06.2013